El goce fue primero
Actualizado: 18 ago
Es curioso que un bar de salsa auspicie una novela, pero la vida del escritor y filósofo colombiano Tomás González está plagada de extrañezas como ésta. Trabajaba como mesero en El Goce Pagano, un icónico templo de la rumba, ubicado en el centro de la ciudad de Bogotá en el año 1983. Gustavo Bustamante, su propietario, le ofreció imprimir su novela Primero estaba el mar en la Editorial Los Papeles del Goce. Bustamente lo describía como el lugar donde “Se baila. Se goza. Se discute. Se enamora. Se publican textos. Se hacen traducciones. Se publican novelas inéditas”.
González empezó a escribir su primera novela a raíz del asesinato de uno de sus hermanos mayores, en la finca Titumate en el Urabá Antioqueño en el año 1977. En su momento la novela tuvo una difusión muy discreta, pero en el año 2001 logró un merecido reconocimiento por su gran calidad estética y el respaldo de la Editorial Norma. Su obra literaria incluye cuentos, poesía y novelas que son referentes de la literatura latinoamericana actual. Tal vez por su carácter distante y esquivo a la promoción, Tomás González desconfía de la fama diciendo que «los libros deben defenderse solos”.
Los indígenas Kogui que habitan la Sierra Nevada de Santa Marta en Colombia, tienen un mito sobre la creación del mundo que fue transcrito por el etnógrafo austriaco Gerardo Reichel-Dolmatoff y dice así: “Primero estaba el mar. Todo estaba oscuro. No había sol, ni luna, ni gente, ni animales, ni plantas. Sólo el mar estaba en todas partes”. Desde el título de la novela sabemos que González enaltece la sabiduría ancestral y reconoce las fuerzas ocultas de la naturaleza.
En su ópera prima el narrador omnisciente empieza a contar de manera lineal, cómo fueron los dos últimos años de vida su hermano J y su pareja Elena, que dejaron la vida bulliciosa de Medellín para buscar nuevos horizontes junto al mar, sin saber que estaban emprendiendo un viaje hacia la muerte. Desde la primera página llama la atención el lenguaje sencillo pero eficaz con que describe la aparatosa llegada por tierra, desplazándose por pueblos polvorientos y desapacibles. “Todo viajaba entre racimos de plátano, bultos de arroz, paquetes grandes con panelas – envueltos en hojas secas de plátano– y otras maletas.”
Elena, el personaje secundario de la obra, es una mujer de gran templanza y terquedad, que viaja con su máquina de coser en el techo del bus, apenas protegida por piolas y cartones. Su gran preocupación es este mueble que conserva de su primer matrimonio y que cae estrepitosamente a tierra en el momento de llegar al puerto, y también al agua, cuando llegan a la isla. “La Singer salió del mar con las patas hacia el cielo, como un enorme marisco”. Tomás González empieza a construir desde la cotidianidad del viaje, un ambiente denso y trágico que irá in crescendo. ¿A quién se le ocurre llevar a una zona selvática una máquina de coser? Tal vez a Ada McGrath, protagonizada magistralmente por Holly Hunter en la película El Piano. Ambas mujeres desembarcan a su destino cargando un peso innecesario, que se convertirá en el foco de problemas mayores más adelante.
Con la llegada del primer invierno, la casa enclavada entre el mar y la selva se empieza a mecer por las tormentas, internas y externas. Nadaban en deudas. Las lluvias malograban cualquier semilla. El licor diario les avinagraba el humor. Las vacas parían terneros ya muertos. La venta de víveres fiados terminó por romperles el bolsillo y los nativos nunca se aguantaron de J “esa mezcla de literato, anarquista, izquierdista, negociante, colono, hippie y bohemio. No tenía ningún chance de sobrevivir”.
Arrinconado por los problemas económicos, J toma la decisión más rentable, pero también la que más le repugnaba. Derrumbar cien hectáreas de “selvas casi vírgenes, donde abundaban la ceiba, el roble y el caracolí”. Contrató a un grupo de quince aserradores que se explayaron como dueños por toda la finca, con sus pipetas de gasolina, motosierras y modales vulgares. ¡Metidos como ellos solos! -se quejó amarga Elena.
Después de las Navidades, J visitó uno de los terrenos más empinados de la finca y se encontró una verdadera carnicería. Los hombres habían talado árboles demasiado pequeños, a los que no se les podía sacar ni una rastra completa. – Yo no pago esa madera -les dijo J. Decide entonces conseguir una persona con el temple suficiente para manejar el aserradero, y en ese momento, entra en la historia Octavio Sossa, el nuevo capataz y su próximo verdugo.
Tomás González retrata de manera magnífica un derrumbe emocional, social y psicológico de los personajes, ayudándose de un lenguaje tan primitivo y exótico como la vorágine que los envuelve.
“El árbol se vino al suelo con un alarido seco, y en su caída, como en un apocalipsis, arrastró un universo de parásitas, nidos de pájaros, arbustos, enredaderas y árboles pequeños. Una vez quieto, las sierras lo descuartizaron en jauría, desmembrándolo con una celeridad como de perros”.
(Reseña literaria escrita por Liliana González durante la Maestría de Escritura Creativa de la Universidad de Salamanca - España 2025)




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