Piedras Calientes
- caligonzalez2
- 3 ago 2023
- 12 min de lectura
Actualizado: 29 jul
Sigo a Ortencia en silencio. Soy como su sombra. Pisando cada piedra que ella pisa. Poniendo mis alpargatas mojadas justo en las huellas que dejan sus pies fuertes y callosos. Ella sabe escoger las piedras sin filo y sin lama verde para evitar las caídas. Tengo que abrir las piernas como una tijera para igualar sus pasos. Lleva sobre su cabeza un pesado platón metálico lleno de sábanas, sostenido apenas por una toalla húmeda enroscada como una culebra. Hemos atravesado ya tres playitas y Ortencia no para de caminar. Mi mamá le dijo que lavara la ropa frente a la casa, pero ella sigue caminando desobediente río arriba. Yo la sigo muda con mi Barbie despelucada en la mano izquierda. Si no ha volteado a mirarme, es porque me volví invisible para ella.
La muy indigna se remanga el vestido casi hasta la barbilla para atravesar los charcos más profundos y con la otra mano sostiene la palangana, como si llevara una papaya. No le importa que se le vean todos los pechos sin sostén, lo importante es salvar la ropa. Por debajo del agua veo como entierra las uñas de sus pies en la gravilla del fondo y se impulsa fuerte para ganarle al río. Sus piernas son macizas como una plomada. Estamos a dos charcos de distancia del lavadero y escucho a lo lejos las risotadas de los niños. Ortencia empieza a caminar más rápido. Seguro por las ganas de fumar con la candela pa´dentro como sus comadres. Mi mamá detesta el pucho.
Llegamos al Charco de Chela y tenemos que brincar como saltamontes para no pisar la ropa que han puesto a secar sobre las piedras gordas y calientes. Es la playita más larga del Río San Marcos y las primas de Ortencia ya están sentadas cada una con su piedra, aprovechando el sol de la mañana. El mono, como le dice mi papá a ese balón candela. Adelina está sentada en la piedra con forma de batea que tanto le gusta a Ortencia. Le veo de inmediato ese gesto de iracundia que la pone tan fea. “Te dije” le dice. “Usted no dijo, no”. Y eso es lo único que tienen que hablar. Adelina se levanta escurriendo jabón por las piernas y lleva su platón lleno de ropa unos metros más abajo, estirando el pico como una musaraña.
Chelita es la mejor amiga de mi mamá que odia los sapos y las culebras. Ella dice que las víboras la miran directo a los ojos. Y tiene razón. Siempre es la primera en verlas. Cuando se resbalan de las peñas caen justo a su lado y salen despavoridas nadando en zigzag por encima del río. Los animales salvajes son los dueños de esta selva y nosotros solo venimos al Pacífico de vacaciones. Cuando llegamos a nuestro Refugio tenemos que empezar a desacomodarlos a punta de escoba. Barremos muy bien el polvo y también la cantidad de hormigas, arañas y ciempiés que se reproducen por toda la casa cuando no estamos. Revisamos con cuidado los colchones, porque a los ratones les gusta hacer nido entre las virutas de algodón. Mi papá camina prendiendo mecheros con petróleo por toda la casa, para espantar los murciélagos que regresan en la noche a buscar su sitio. Les gusta dormir boca abajo colgados de las tablas de nuestros camarotes. Al otro día amanecemos con las fosas de la nariz negras de humo por cuenta de los vampiros. Tal vez el animal más terco es la rana. Todos los días sacamos más de cien guarasapos del tanque de agua. Nunca dejan de reproducirse. Hacemos concurso con mis hermanos para ver quién pesca más renacuajos babosos y los regresamos a la vertiente que viene de la montaña. Se convierten en diminutas ranas negras, con un globo negro en la garganta que hace más ruido que un micrófono.
Me gusta esta playita, porque le corre el agua por ambos lados. Parece un hueso de pollo con dos horquetas. En la mitad se forma una colcha inmensa de piedras grises y terracotas, donde se acuestan a tomar el sol las mariposas con ojos negros en la cola. El lado de menos corriente es para las lavanderas. Ya Ortencia tiene el cigarrillo apretado en la comisura de sus labios y la ceniza caliente escondida en su paladar. Necesita las dos manos para golpear la ropa contra la piedra y luego zambullirla en las pocetas que han armado con sus propias manos. Me hace señas para que me vaya lejos del humo. Dejo a mi muñeca acomodada entre las sábanas y empiezo a caminar hacia el otro extremo de la playa. El lugar donde juegan los niños solos. El lado de los charcos más profundos.

Ilustraciones de Paulina Cala González. Pacífico Colombiano
La piedra enorme y resbalosa parece el lomo de una ballena dormida. Tiene medio cuerpo afuera y el otro medio lo tiene incrustado entre la montaña. La trepamos por sus grietas con agilidad. Le cuelgan helechos salvajes como unas barbas y muestra al aire la panza llena de nudos de yerba como crustáceos. Griseldo me ha enseñado a hundir las uñas entre las ranuras de la piedra para impulsarnos. Los brazos me duelen de tanto hacer fuerza para no caer al vacío y quebrarme una pierna. De mis alpargatas deshilachadas brotan un par de dedos largos y transparentes como cachos de caracol, que van entrando en los huecos donde se empoza la lluvia. Estoy cerca de la cresta. Por los gritos puedo saber que son más niñas que niños. Los veo colgando sobre mis ojos como un racimo. Están todos en beringola haciendo fila para lanzarse al charco verde de la vuelta. Nadie me ha invitado a jugar con ellos, pero acá en San Marcos nadie pide permiso.
¿Se te comieron la lengua los ratones o qué? Así les pregunta Cristián, el novio de mi hermana, a los niños cuando no responden ni una palabra. Nos organiza también en fila y empieza a repartir mecato cuando ya estamos con los labios morados de frío. Compra todo su mecato en el San Andresito de Buenaventura y lo trae al río siempre en bolsas plásticas para que no se le humedezca. Pistachos verdes Zenobia que destapa con una mariposa de hojalata. Chiclets de banano largos como un dedo. El Cheez Whiz amarillo brillante que esparce sobre galletas Ricas. Latas con leche condensada que abrimos con clavo y piedra. Caramelos Kraft en forma de dados que se pegan en los dientes. Bolsas repletas de Bon Bon Bum con chicle de fresa. Los niños más pequeños levantan sus brazos negrísimos y forman con sus palmas un cuenco color vainilla para recibir el bombón. Lo abren muy diferente a mis amigas del colegio, que le quitan la envoltura y lo dejan completamente pelado. Acá le desbaratan el moño despacio y nunca botan el papel enmelcochado. Lo van chupando por partes hasta encontrar la bola rosa del centro. Inmediatamente lo cierran. Me imagino que dejan la parte del chicle para comérselo en sus casas. Yo también pienso que no hay necesidad de decirle nada a Cristián. Si no lo quisieran, no estiraban la mano.
El río golpea de frente la roca y se forma una curva profunda y verdosa. Ni siquiera tres niños pegados de las manos alcanzarían para tocar el fondo. El agua es transparente en el borde y se va oscureciendo a medida que se acerca a la roca. Los camarones pequeños viven escondidos debajo de las piedras lamosas de la orilla y son difíciles de encontrar. Tienen el cuerpo completamente transparente y saltan como un corrientazo cuando los atrapamos con la mano. Entre todos hacemos un acuario de piedra con helechos sembrados al fondo y muchos palitos quebrados en torre para su escondite. Los camarones Munchillá de acá son muy diferentes a los azules que trae mi papá desde Cabo Marzo, cuando se va a pescar al mar. Siempre ha querido reproducirlos en la pileta de nuestra casa en Cali, pero los pobres van perdiendo el color azul por el agua dulce y nunca se emparejan.
Desde lo alto puedo ver a Ortencia con sus comadres lavando la ropa. Ni siquiera se ha dado cuenta que estoy acá arriba, esperando mi turno para lanzarme en bomba dentro del neumático negro. Los que están nadando en el charco tienen que voltear el neumático con el gusanillo hacia abajo, para no quedar engarzados con ese pitón en la barriga. Algunos se lanzan en clavado directo al centro de la rueda, y otros preferimos enroscarnos en el aire como un surullo y traspasar el agujero, abrazando las rodillas contra la frente. Faltan solo dos turnos para lanzarme al agua verdemar.

No hay viaje sin hielo. La primera parada es en el Kolbitos de la Calle Quinta de Cali, para llenar las neveras hasta el tope. Una vez se cierran no se pueden volver a abrir. Todos sabemos que podemos ganarnos un regaño por esto. En El Refugio no hay luz, y los tubitos helados y huecos tienen que durar al menos cinco días. Nos gusta usar los hielos como anillos, hasta sentir la mano encalambrada. El viaje empieza en el garaje de mi casa. Se forma una arrume de canastos, colchonetas, maletines, varas de pescar, y muchos materiales de obra. Todo ese movimiento del equipaje al carro, ya me produce mareo. ¡Cuidado con el capó! le grita mi papá a mi hermano mayor. A veces pisa muy duro la capota del Toyota y mi papá sufre. Lo primero que hace Juan es acomodar el maletero sobre unas varillas largas y tercas de alinear. Va organizando lo que más puede dentro del maletero y distribuye el peso para evitar que el carro se voltee en alguna curva.
El día que llegó el maletero desde los Estados Unidos, casi hacemos fiesta en la casa. Por fin íbamos a tener espacio abajo para estirarnos y dejar de cargar a Negus sobre las piernas con su babeadera. Esa mescolanza de olores a petróleo, cebolla larga, aliento de perro y fumigantes me emborracha. Me empiezo a sentir como atolondrada y la boca se me vuelve un pozo. Alguna amiga del colegio me dijo que el limón es el mejor remedio para el mareo. Más que la pastilla amarga y verde biche de Mareol que nos da mi mamá. Le pego el primer pellizco apenas arrancamos. En la gasolinera de la Portada al Mar ya tengo medio limón pelado. La melancolía en las manos me ayuda a soportar los vapores de gasolina de la primera tanqueada.
Dentro del Canario cabemos los nueve pasajeros y el perro. En el asiento delantero va mi papá al timón, Carmiña mi hermana mayor al centro y mi mamá en la otra ventanilla pendiente del espejo retrovisor. El pasacintas lo maneja mi hermana. Escoge siempre el mismo casete desde que arrancamos de Cali. Los Galos. Un minuto de tu amor, con siglos de dolor, te lo puedo pagar. Aparte de mi mamá, Carmiña es la única enamorada que se sabe todos los boleros. Por allá en Loboguerrero nos dejarán escuchar el casete por lado y lado de El Cuarteto Imperial. 488 kilómetros de ida, 488 kilómetros de vuelta. Y tú me recibes así. Indiferente, indiferente. Parecido a los kilómetros por galón que siempre calculan mis hermanos en cada viaje. ¡Pónganlo en ceros! les dice emocionado mi papá. Ellos espichan el botoncito negro del tacómetro y los seis números se ponen blancos y en cero como una magia. Ahora sí podemos arrancar montaña arriba hacia Terrón Colorado.
En la parte de atrás del campero nos sentamos todos los demás. Frente a frente. Tres de un lado y tres del otro. Las bancas largas y forradas con plástico negro nos hacen sudar más las piernas. Vamos hablando todo el camino y eso también me marea. En el único espacio libre que queda al centro, mi papá acomoda la neverota Igloo. Tiene los mismos colores de nuestro Jeep Canario. Amarillo el cuerpo y blanca la corona. A nuestro Labrador negro lo sentamos sobre la tapa cuadriculada de la nevera. Cuando vamos en lo plano el perro se sostiene, pero en las curvas se empieza a rodar y tenemos que ayudarle a mantener el equilibrio que no logra con las uñas. Las ventanas del campero son pequeñas y de deslizar. Normalmente se le da el puesto de la ventanilla al más mareado. ¡Saque la cabeza y mire hacia las montañas!.
La carretera al mar es un serpentín de curvas y precipicios. A la altura de la vuelta de El Cerezo, se empiezan a ver los techos de colores de las casas de El Saladito. Jugamos a contarlas como si fueran nuestras propias casitas de Monopolio. No demora Payancito y Chela en hacernos señas desde su escarabajo, para que paremos en kilómetro 33, a comprar la papada de cerdo para hacer los chicharrones. Mi mamá dice que nos orillemos en la carnicería de guadua, donde cuelgan los pedazos de marrano de unos ganchos metálicos. En el mesón de cerámica blanca como un baño, están esparcidas las vísceras y las pezuñas. Uno de los platos predilectos de mi papá son las manitas aborrajadas de cerdo con fríjoles negros. El carnicero envuelve en hojas de papel periódico toda esa carne cruda y olorosa que va directo a la nevera Igloo. Cierro los ojos y siento estallar un casco de limón en mi paladar.

Desde lo alto de la roca se puede ver mejor la selva. Tupida y unicolor. Acá le dicen el Monte. Las hojas plateadas de un yarumo viejo y velloso le dan sombra a los helechos, que nacen abajo enroscados como un fósil. Hemos visto llover seguido durante cinco días. Cuando el río se pone chocolate y rabioso se lleva todo lo que encuentra por delante. “Más antes la creciente se llevó un carro. Hicieron minga para sacarlo del río tres charcos más abajo” me dice Karina la hermana de Griseldo, antes de lanzarnos al agua. Hoy por fin ha salido un sol picante que se cuela por entre las nubes grises. Es el momento para lavar la ropa y ponerla a secar antes de que se desgrane otro aguacero.
Me paro justo en el filo de la roca con cuidado de no resbalar, porque está lisa como un jabón. Abajo en el charco verde se ven seis cabecitas pataleando rápido, para mantenerse a flote entre los neumáticos vacíos. Aprieto los puños con algo de nervios por la altura. Salto tomando impulso con ambos pies y en el aire recojo las rodillas para entrar de nalgas suavemente por entre el neumático negro. Mi cuerpo sigue derecho hasta el fondo del río y siento el agua entrar por mi nariz como un candelazo. Empiezo a mover los brazos intentando salir del remolino de burbujas, que se han formado con mi propio cuerpo. El agua revuelta no me permite ver con claridad la superficie. Escucho las risotadas de los niños driblando en mis oídos como un balón. Mis ojos se empiezan a acostumbrar al ardor del agua y braceo para subir a tomar aire. De repente escucho a lo lejos un grito de Ortencía. ¡Cójanla! ¡cójanla! y caen directo al agua todos los niños al tiempo. Se forma un desorden de brazos y piernas moviéndose sobre mí. La arena del fondo se revuelca y tengo que cerrar los ojos con fuerza. Entre más intento subir a la superficie más obstáculos encuentro. Recuerdo las palabras de mi papá el día que me quitó de la cintura el flotador de icopor. “Ya estás lista para nadar sin esto”. Desamarró las cuerdas y me lanzó al río sin darme tiempo de llorar. Después de tragar agua por el susto durante unos segundos empecé a tranquilizarme. Entendí que mi salvamento no eran los tres pedazos de icopor, que volaban como unos dientes flojos agarrados de una hebra. Dejé que mis pies tocaran fondo y tomé impulso para llegar hasta la orilla pataleando con rabia. Encontré a mi papá muy sentado en una piedra, poniéndole masa amarilla al anzuelo para pescar sus sabaletas.
Los niños no se han dado cuenta que estoy debajo de sus piernas intentando subir a flote. Siento que el corazón se me va a estallar por la presión y empiezo a dejar caer mi cuerpo hacia el fondo como una pluma. Supongo que es la misma sensación que vivió mi mamá el día de mi nacimiento. Llegó manejando hasta la Clínica de Maternidad de Palmira con mi hermana mayor de la mano. En el pasillo rompió fuente y Carmiña gritaba que ayudaran a su mamá que se estaba orinado. Empezó un trabajo de parto difícil porque venía de nalgas. Las enfermeras hacían masajes desde arriba, monitoreando los latidos del corazón con una corneta y el médico introducía sus manos para reacomodar la criatura que se resbalaba tercamente para volver a sentarse. El alumbramiento fue largo y mi mamá descansó cuando le avisaron que había nacido su quinta hija sana y completa. De camino a la habitación sintió que la acompañaba un coro de música y luces al fondo. Alcanzó a decirle al médico “me muero”. Corrieron a estabilizarle la presión que subía y bajaba como un yoyo mortal. Mi mamá flotaba por toda la habitación y veía desde arriba todo el tropel angustioso de enfermeras y médicos que intentaban resucitarla. “Con esta inyección se queda o se va” dijo descompuesto el doctor Orejuela. El medicamento entró por sus venas y con un fuerte dolor de cabeza mi mamá regresó milagrosamente a la vida.
Los niños han girado como un cardumen rio abajo y dejan por fin un espacio arriba para tomar aire. Mis pulmones se inflan como la barriga de un pecesapo y siento que vuelvo a nacer. A lo lejos escucho el crujido de las piedras que se desacomodan. Saltan como locos por los crespos de la corriente. Griseldo lleva la delantera. Casilda, Néstor y Karina van de segundos. Los más chiquitos se atropellan contra las piedras con tal de llegar y las lavanderas siguen gritando ¡Cójanla! ¡Cójanla!. Griseldo se tira en plancha para atrapar como un trofeo la chancleta naufragada.

Libro: El Desande

Autor: Liliana González Reyes
Comunicadora Social / Empírica en Marketing / Escritora a ratos
Me encanta me acuerdo de ese lugar yo fuí creo que cuando tenía 8 años que rico recordar esto! Que ilustraciones tan bellas!
espero la continuación!
Felicidades Lili!
Me llevaste de nuevo, monita, y sentí la misma emoción de esos tiempos. Gracias.
Me encantó! Estaré esperando con ansias el segundo capítulo.
No sé aún por qué... pero me acordó del libro, "Las estrellas son negras" de Arnoldo Palacios. Tal vez ese ambiente del Pacifico. Me gusta mucho que estés escribiendo y así de bonito. Saludo especial.